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  • Nikita Lopoukhine
    Presidente Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la UICN.
 
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Las áreas protegidas y el cambio climático

INTRODUCCIÓN

El mundo se encuentra colmado de numerosos desafíos que arriesgan el futuro de la vida en la tierra. El cambio climático, la extrema pobreza, la urbanización, una mayor intensidad en los desastres naturales, enfermedades consideradas plagas, y una menor biodiversidad y grado de acceso a los recursos naturales, son sólo algunos de los retos que diariamente enfrentan los tomadores de decisiones y que la sociedad civil está enfocando sus capacidades para resolver.

Las dificultades en solucionar lo que en algunas oportunidades han sido catalogadas como problemas “perversos” se pueden ejemplificar con la reciente reunión sostenida por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en Copenhague (2009), que según el decir de la mayoría, no fue exitoso. Los tomadores de decisiones no pudieron resolver el problema de los niveles de emisiones globales y concluyeron la convención con un acuerdo voluntario que, en el mejor de los casos, fomenta la realización de futuras reuniones globales. A pesar de lo anterior, hubo algunas buenas noticias, pues los negociadores reconocieron que sus convenios deben incluir soluciones basadas en el ecosistema. Este resultado fue inevitable dado que el Panel Internacional del Cambio Climático estimó que el 20% de las emisiones producidas por los gases de efecto invernadero emanan del cambio en el uso de las tierras, como la deforestación, el drenaje de turberas y la degradación del suelo. Pese a esto, hasta que se logre un acuerdo obligado entre las naciones, aún queda mucho por hacer.

Frente a la creciente lista de desafíos que enfrenta el mundo, una consistente respuesta positiva viene en camino con el establecimiento de nuevas áreas protegidas para las futuras generaciones. De acuerdo al Centro Mundial de Vigilancia de la Conservación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), 150.000 áreas protegidas cubren más del 13,9% de la superficie mundial. El porcentaje es aún mayor si se incluyen las áreas protegidas privadas y las áreas de conservación indígenas o comunales, que no se encuentran actualmente contabilizadas en la base de datos mundiales del PNUMA. Comenzando su discurso en el V Congreso Mundial de Parques Nacionales desarrollado Durbán, Sudáfrica (2003), la Reina Noor de Jordania señaló que este crecimiento es “una de las más significativas decisiones del uso colectivo de la tierra en la historia”.

Pese a esto, las áreas protegidas marinas se encuentran rezagadas frente a las terrestres, y cubren menos del 1% de la superficie total. Sin embargo, la situación de las áreas marinas tiende a cambiar positivamente. El reciente anuncio pronunciado por el gobierno del Reino Unido sobre la creación de la reserva marina más grande del mundo (545.000 kilómetros cuadrados), alrededor de las islas Chagos atestiguan el progresivo crecimiento y dobla la cantidad de las actuales áreas marinas protegidas.

LAS ÁREAS PROTEGIDAS Y LA CONSEVACIÓN DE LA DIVERSIDAD BIOLÓGICA

Un definitivo empuje a las áreas protegidas es el reconocimiento de las partes firmantes del Convenio sobre la Diversidad Biológica que estas áreas son críticas para conservar in situ la biodiversidad, las plantas nativas y los animales. Las áreas protegidas son las piedras angulares para la conservación de la biodiversidad y están dedicadas a conservar la vida en la tierra. Hay esperanza en que la CMNUCC reconocerá también la importancia que tienen las áreas protegidas para dirigirse a los desafíos que presentan la mitigación y la adaptación al cambio climático.

La era moderna de las áreas protegidas comenzó durante la última parte del siglo XIX, cuando se establecieron el icónico Parque Nacional Yellowstone en los Estados Unidos de Norteamérica y el Parque Nacional Banff en Canadá. Latinoamérica los siguió en 1922 con el establecimiento de Nahuel Huapi, ubicado en la cordillera de Argentina. El criterio utilizado inicialmente no era amable con la gente que vivía dentro de estas áreas. Las comunidades locales fueron expulsadas, los animales de presa fueron eliminados y se restringieron las actividades que se podían desarrollar dentro de estas áreas. Con el transcurso de los años, el principal propósito de las áreas protegidas comenzaría a centrarse más en la conservación de la naturaleza.

A fines del siglo XX surgieron nuevas formas de administración y diversas propuestas para gobernar estas áreas. Mantener la diversidad de la naturaleza continuaba siendo una consideración primaria, sin embargo, también comenzaron a preocuparse por considerar a las personas que están asociadas a estas áreas. Hoy, las responsabilidades sobre cómo gobernar estas tierras están siendo compartidas por un mayor número de personas. En muchas partes del mundo, las áreas protegidas están siendo habitadas por comunidades indígenas, que dependen de la sanidad y la viabilidad de la tierra para sobrevivir, y que en consecuencia, aseguran, a través de sus prácticas, la protección de las plantas y los animales nativos.

La ciencia nos enseña que las áreas protegidas son buenas para proteger la naturaleza. Las emociones también nos empujan hacia la misma dirección. A las personas les importa mucho la belleza de un paisaje o la posible pérdida de especies carismáticas como el jaguar, la ballena franca, el oso pardo o el rinoceronte blanco. Actualmente, las personas aceptan a las áreas protegidas como una herramienta para asegurar que tanto su tierra natal como los estilos de vida, que dependen de la naturaleza, sean protegidos para las futuras generaciones. Demandas por sus tierras nativas en Australia, Canadá y Sudáfrica son ejemplos de comunidades locales que acuden a las áreas protegidas como una solución. Las reservas indígenas en Brasil son únicas por su alcance y compromiso.

Las áreas protegidas son esenciales para el desarrollo de la vida pues resguardan los recursos naturales que la población requiere para subsistir. Dentro de estas áreas, se le permite a la diversidad genética evolucionar en respuesta a las presiones de la selección natural. Estos recursos genéticos son una fuente para muchos nuevos productos. La biodiversidad también sirve para proteger los servicios que nos provee el ecosistema. Agua, alimento, vestimenta, albergue, transporte y diversas medicinas se encuentran de este modo disponibles dentro y fuera de los límites de las áreas protegidas.

Cada día se descubren nuevas evidencias que afirman el importante rol que cumple la naturaleza en la salud física y mental de los humanos. La posibilidad de visitar ecosistemas muy poco alterados, y estar junto a la naturaleza, aumenta su bienestar y protege su salud. Esto último contribuye a aumentar la productividad económica. El ausentismo laboral que causan las enfermedades produce una devastadora pérdida económica. En Australia, se pierden seis millones de días al año a causa de enfermedades. Las áreas protegidas pueden ser un antídoto. Estudios realizados en los Estados Unidos de Norteamérica han concluido que los usuarios activos de las áreas protegidas son más saludables que las personas que no las usan, en diversos aspectos, entre los que se incluyen la presión sanguínea, el índice de la masa del cuerpo y los niveles de depresión.

La contribución de la naturaleza para mejorar la salud humana no se limita a lo recién señalado. La mitad de los medicamentos sintéticos utilizados en la actualidad provienen de la naturaleza. Desafortunadamente, este inmensurable servicio está en riesgo, dado que un 70% de las plantas se encuentran en peligro de extinción. Según la UICN, las áreas protegidas contienen un 80% de las especies que se encuentran en mayor riesgo, lo que genera seguridad en que aún puede haber descubrimientos farmacéuticos en el futuro. Junto a las plantas medicinales, las áreas protegidas alrededor del mundo albergan a los parientes silvestres de importantes siembras, asegurando fuentes de ADN que combatan posibles enfermedades y pestes que afectan la oferta de alimentos en el mundo.

OTROS BENEFICIOS DE LAS ÁREAS PROTEGIDAS

El rol de protección ejercido por las áreas protegidas también se observa cuando ocurren desastres naturales. Los ecosistemas inalterados repetitivamente han demostrado que son una buena inversión, especialmente duramente el maremoto que vivió Asia en 2004. Los manglares costeros dentro de áreas protegidas salvaron vidas. Inundaciones, derrumbamientos, y tormentas son atenuados frente a la presencia de ecosistemas naturales; las tierras pantanosas absorben los niveles de agua en ascenso; los bosques naturales en pendientes impiden el deslizamiento de la tierra; los arrecifes de coral amortiguan las tormentas y las riberas vegetadas absorben los golpes de las olas. Con el pronosticado aumento en la frecuencia y en la intensidad de los desastres que desatará el cambio climático, se necesitarán más áreas protegidas que nunca. Adicionalmente, el mantener ecosistemas nativos en áreas protegidas previene adicionales emisiones de carbón a la atmósfera.

Las áreas protegidas son importantes para las personas que viven dentro y alrededor de ellas. Proveen trabajos a través de empleos directos y del turismo. Más importante aún son los servicios ecosistémicos que se derivan de estas áreas. El agua limpia es un ejemplo de este tipo de servicio. De las 105 ciudades más grandes del mundo, 33 dependen de áreas protegidas contiguas como fuente de agua. Esto tiene sentido económico. Por ejemplo, en 1997 la ciudad de Nueva York invirtió dinero en proteger la cuenca que les provee su agua. Anticiparon que al hacer esto no tendrían que construir nuevos depósitos y centros de purificación de agua, lo que les ahorraría entre cuatro mil y seis mil millones USD en un período de 10 años.

LOS EFECTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO

El cambio climático está amenazando el servicio de provisión de agua que entrega el ecosistema. De hecho, varios centros urbanos alrededor del mundo se encuentran en riesgo. El dramático retroceso de los glaciares durante los últimos años puede resultar desastroso. El Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales ha observado que durante los últimos 20 años los glaciares que se encuentran junto a la Patagonia han disminuido su superficie entre un 10% y un 20%. Una inquietud adicional es que muchas de las ciudades latinoamericanas reciben sus recursos de agua de los bosques nublados, cuyos microclimas están siendo alterados con los cambios climáticos producidos a causa del aumento de la temperatura y las modificaciones en los patrones de precipitación.

Mientras la escasez de agua ocasionada por el cambio climático se está transformando en una preocupación fundamental, tanto dentro como fuera de las áreas protegidas, estas áreas ofrecen una “solución natural” al cambio climático. Aunque esto puede generar debate, el tener áreas protegidas es la estrategia más efectiva conocida para evitar la conversión a otros usos de la tierra. Gobernadas por una legislación y con sus áreas definidas en sistemas nacionales, tienen un régimen de permanencia, dedicado a la protección, en gran parte por profesionales usando planificación y otras herramientas para administrar las tierras, incluyendo el monitoreo y la evaluación permanente.

Los ecosistemas naturales secuestran carbón. Sólo los océanos secuestran alrededor de dos giga-toneladas de carbón al año. Terminar con la deforestación produciría en el mundo una mayor reducción en los índices de emisión que el total de emisiones producidas mundialmente por todos los autos de pasajeros. La restauración podría apartar otras 0,65 giga-toneladas anualmente. Más importante aún, el 15% del carbono terrestre del mundo, junto a significativas áreas del mar, ya se encuentra bajo protección. Las áreas protegidas bien manejadas son un seguro en contra de la descarga de este elemento. El beneficio adicional de un buen manejo es que asegurará que los vestigios remanentes de los ecosistemas naturales que se encuentran en estas áreas están también protegidos.

A continuación se presentan algunos ejemplos del total de “stock” carbón en áreas protegidas. En el Arco montañés del este de Tanzania, el 60% de más de 151 millones de toneladas de carbón está depositado en las reservas forestales. Los parques nacionales de Canadá tienen aproximadamente 4 432 millones de toneladas de carbón depositados principalmente en turberas y tierra. El sistema utilizado en las áreas protegidas de la amazonía brasilera previene que ocho mil millones de toneladas de carbón sean liberadas a la atmósfera. No proteger estos almacenes de carbón aumentará el balance negativo del presupuesto en carbón de un país bajo el Protocolo de Kyoto.

CONCLUSIONES

La combinación de almacenar carbón que aún no ha sido liberado y de proteger los ecosistemas debiera lograr que las áreas protegidas sean un componente natural de cualquier estrategia nacional frente al cambio climático. Las áreas protegidas presentan los medios para almacenar el carbón de forma permanente por lo que debiera ser un componente central de las estrategias nacionales utilizadas para reducir las emisiones de carbón. Debe considerarse que las áreas protegidas deben recibir ayuda financiera y técnica para cumplir sus roles de mitigación y adaptación. Los numerosos mecanismos financieros relacionados con el clima que se discutieron en el contexto de la CMNUCC presentan una oportunidad particular.

Específicamente, la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de los Bosques en Países en Desarrollo (REDD) es visto como la mejor oportunidad que tiene el mundo para proteger sus bosques tropicales. Se han prometido importantes ingresos provenientes de fondos internacionales a los países en desarrollo para que reduzcan sus emisiones de carbón, pero hasta el momento, estos fondos están siendo dirigidos a construir las capacidades nacionales. También se está realizando un importante esfuerzo en definir las condiciones bajo las cuales los mecanismos pueden ser utilizados, para lo cual se están proponiendo requisitos detallados. Existen dos importantes iniciativas sobre esta materia: el Estándar Voluntario de Carbono (EVC) y las Normas de Clima, Comunidad y Biodiversidad (CCB). Ambas apuntan a proveer estándares para regular el mercado voluntario en el comercio de carbón, y de este modo proveer la base para un precio de mercado realista. Sin embargo, estos criterios, con base científica, son complejos, costosos y requieren de mucho tiempo.

Una oportunidad más esperanzadora e inmediata puede residir en enfrentar el cambio climático a través de redes de conectividad entre las distintas áreas de conservación, tanto nacionales como regionales. La protección, conservación y rehabilitación de la conectividad, utilizando a las áreas protegidas como las anclas de estos acercamientos, permite minimizar la liberación de emisiones adicionales debido al cambio en el uso de la tierra. Iniciativas de corredores biológicas proporcionan una solución en el corto plazo y también ayudarían en el futuro cuando los mecanismos de la REDD se encuentren en uso. Resulta clave enfocarse inicialmente en lugares donde la tenencia de la tierra es estable, a fin de asegurarse que el carbón tenga una alta posibilidad de ser conservado y compensado. Con una fuente de fondos provenientes del mercado del carbón, las áreas protegidas serán mejor manejadas y de este modo protegerán hábitats relevantes y promoverán la permeabilidad biológica en paisajes intervenidos. Adicionalmente, esta estrategia ayudará a coordinar la gestión de la conservación en todas las formas de tenencia de la tierra, incluidas las tierras indígenas.

Las distintas formas en las que las áreas protegidas permiten enfrentar el cambio climático aumentan su condición de constituirse en un mecanismo indispensable. Su valor no puede ser subestimado. Las Naciones Unidas declararon que este es el Año Internacional de la Biodiversidad por lo que es aún más importante reconocer el valor que adquieren las diferentes categorías de áreas protegidas.