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  • Fausto O. Sarmiento
    Ph.D. Profesor de Geografía, Universidad de Georgia
    Athens, GA. USA.
    fsarmien@uga.edu
 
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RUINAS REIFICADAS: EL REVIVIR INDÍGENA, LOS PAISAJES CULTURALES Y LA CONSERVACIÓN DE SITIOS SAGRADOS

INTRODUCCIÓN

Paisaje es un término que está siendo utilizado con mayor frecuencia en situaciones que tienen que ver con manifestaciones culturales diversas, sean artísticas, científicas, económicas, religiosas o de otra índole, y sus repercusiones de disturbio y afectación con el medio ambiente, con el ecosistema y con el hábitat de las especies silvestres. Paisaje ya es parte del léxico de planificación del desarrollo y de uso territorial. La incidencia de la cultura influyendo en la ecología y su efecto opuesto, ha dado paso a replantearse los conceptos de conservación a nivel de paisaje (Odum y Sarmiento, 1998) y por supuesto, ha creado nuevos desafíos para la planificación territorial y los planes de desarrollo sustentable. En realidad, muchos consideran al paisaje como el término clave en la ecología profunda de finales del siglo XX y de la ecología de paisajes de los inicios del presente siglo (Naveh et al., 2002).

De los tres principios activos de ecología de paisaje -mosaicismo, celularidad y representatividad- el primero recibe la atención de quienes se involucran en la administración de áreas protegidas y parques nacionales. En la teoría paisajista existe el principio de mosaicismo, mediante el cual se explica la organización espacial de un área heterogénea conformada por la unión de tesellas o ecotopos cuya identificación a una escala mayor hace posible que se identifiquen los procesos que caracterizan a dicho paisaje en el espacio (Naveh et al., 2002). Sin embargo, los ecólogos de sistemas sostienen que las cosas no se suceden en el espacio sin que se justifiquen en el tiempo (Odum y Sarmiento, 1998). Esta conectividad temporal es posible cosificar tan sólo cuando las evidencias de las construcciones pasadas perviven hasta el presente sin mayor cambio, a veces escondidas entre los cimientos de modernas estructuras, a veces en los escritos olvidados de papeles amarillentos, y muy especialmente, en las difusas evidencias del cambio del paisaje que se sucedió con el abandono de zonas productivas, con la extirpación de la biota nativa y con el exterminio de culturas de los pueblos originarios en las montañas a lo largo de siglos.

El término "paisaje" es idóneo para la planificación territorial puesto que, a diferencia de la palabra "ecosistema", aporta con una serie de factores que lo hace aplicable desde el punto de vista institucional y práctico (Sarmiento, 2001), incluyendo una escala precisa en el espacio, un vínculo del pasado al presente en el tiempo, y una directa relación del efecto de las actividades humanas en la conformación de la estructura y composición de las comunidades de un ecosistema natural (Lucas, 1992). Es aquí en donde radica la importancia del concepto del Paisaje Cultural Patrimonial: en vincular los elementos naturales y culturales interactuantes a través del tiempo, que han logrado imprimir un carácter único y exclusivo al bien patrimonial, sea éste un paisaje cultural (como por ejemplo una arquitectura idónea o una gastronomía especial), un paisaje natural (como por ejemplo un árbol centenario, una vertiente madura de crecimiento lento en la cuenca hidrográfica o un arrecife coralino en la costanera pacífica) o un paisaje mixto (como por ejemplo el ecosistema que haya sido afectado fuertemente por los humanos desde la antigüedad, como el páramo andino, la selva del río Yasuní o los asentamientos ancestrales costeños, como Agua Blanca en el Parque Nacional Machalilla, Ecuador) (Sarmiento, 1987). La Figura 1 enlista y compara las prioridades de conservación de acuerdo a las categorías aprobadas por la UICN.

Figura 1. Esquema cartesiano de los diferentes planos de accionar conservacionista en el tiempo pasado/futuro, de acuerdo a las escalas local/global y entre los binarios egocéntricos/etnocéntricos de las distintas categorías de manejo (Ia, Ib, II, III, IV, V y VI) con el énfasis de su gestión.
 

Una de las aportaciones de la inclusión de la modalidad de paisajes protegidos es precisamente la de vincular el pasado con el presente y proyectarlo al futuro (Phillips, 2002). En el nuevo desafío de la conservación de áreas naturales y vida silvestre, la esencia misma del concepto viene siendo frecuentemente criticada por un joven frente de investigadores, académicos y practicantes de la conservación. Los geógrafos lo tienen ya muy claro: "natural' y "silvestre" depende mucho del cristal con que se lo mire (Sauer, 1925; Denevan, 1992, 2003; Sarmiento, 2000, 2012; Berg, 2004; Mann, 2005). Cada vez más literatura científica incluye como "antropogénicas" las grandes extensiones del bosque lluvioso tropical Amazónico, zonas del Darién, los bosques secos pacíficos sudamericanos e incluso los inhóspitos (en la actualidad) bosques magallánico-patagónicos (Balée, 1998) o aquellos ubicados en la gran creciente andina dentro del cinturón de bosques nublados (Kappelle y Brown, 2001). La tendencia a nivel global, se visualiza mediante la labor de instituciones dentro del sistema de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), de redefinir las tendencias ecocéntricas del pasado a las opciones etnocéntricas de la actualidad en los programas del Centro de Patrimonio Mundial y en los programas del Hombre y la Biosfera con sus Sitios de Patrimonio Mundial Natural y Cultural y sus Reservas de la Biósfera. De la misma manera, la Alianza para las Montañas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su nueva tendencia hacia agricultura sustentable y seguridad alimentaria, favorece el concepto de conservación de la agrobiodiversidad y de las áreas que muestren potencial forestal asociado al mantenimiento de una forma de vida amigable con el medio ambiente.

AREAS PROTEGIDAS PARADIGMÁTICAS

El paradigma de protección de la biodiversidad como entidad de manejo ha remplazado ya la antigua visión de conservación de ecosistemas únicos, misma que remplazara la visión original de conservación de especies endémicas. En la actualidad, mucho del esfuerzo que se hace en la administración de conservación se encamina hacia la sustentabilidad, la integridad ecoregional, el mantenimiento de las formas de vida y la seguridad alimentaria. Incluso los donantes, que en el pasado financiaban áreas protegidas exclusivamente "naturales", han cambiado su estrategia y demandan ahora incluir planes para el manejo de la sociedad aledaña y los recursos culturales intrínsicos al área. Los esfuerzos que antaño fueran locales o provinciales, son ahora multinacionales, con la idea de hacer corredores biológicos o ecológicos que vinculen áreas de magnitud continental. En esta línea, la creación de una categoría de manejo que incluya tanto la naturaleza cuanto la cultura se ha facilitado ahora con los Paisajes Culturales Patrimoniales (Cuadro 1).

El paisaje cultural protegido es un área de manejo especial en donde la interacción de la gente y la naturaleza a lo largo del tiempo ha producido un área de distinto carácter, con valores ecológicos, biológicos, culturales y escénicos muy significativos (Phillips, 2002). En estos paisajes protegidos es vital el salvaguardar la integridad de ésta interacción para proteger y sustentar el área a futuro, con sus valores asociados de conservación de la naturaleza y de afianzamiento y revaloración cultural vernácula y regional (Brown et al., 2005).

Los paisajes culturales patrimoniales son sitios ricos en biodiversidad dependiente del interactuar humano, como en las zonas de contacto entre diferentes ecosistemas, las zonas de recuperación ambiental con sucesión ecológica y las zonas interdigitadas de la matriz espacial de cultivos, bosques y aldeas. Además, poseen valores naturales excepcionales debido a la gestión humana y al quehacer cultural que los ha generado, como la domesticación y la facilitación de uso de la agrobiodiversidad y de los valores intangibles del patrimonio inmaterial, sean éstos de tipo histórico, lingüístico, artístico, estético, social, religioso o espiritual (Mallarach y Armas, 2012). Los paisajes culturales se basan en la interacción (y transacción) de la gente con la naturaleza a lo largo del tiempo.

Dicha sinergia produce identidad, apropiada en territorios puntuales en la cordillera de los Andes, y en hegemonías de lenguaje que reflejan un entendimiento del medio ambiente y una cultura vernácula irremplazables (Sarmiento, 2003). Ellos constituyen modelos de paisajes vivos, orgánicos, que se mantienen con prácticas sustentables en su administración de recursos silvestres y ambientales a favor de sus miembros y en homenaje a sus ancestros. En Ecuador, con la opción reciente de la condición constitucional de los derechos de la naturaleza, los Paisajes Culturales Patrimoniales pueden verse como un espacio político, en donde las diversas naturalezas y las distintas culturas se juntan mediante la observación de prácticas pasadas y contemporáneas de las formas de vida de subsistencia, con la información completa sobre las opciones de progreso y desarrollo sustentable en el terruño.

Cuadro 1. Cambio de paradigmas de conservación desde lo anterior hasta lo actual respecto de paisajes protegidos (modificado de Phillips, 2002)

REVIVIR INDÍGENA E IDENTIDAD

La presencia política de los movimientos indígenas en la región ha desarrollado nuevos mecanismos de terrritorialización distintos a los hegemónicos que han caracterizado a la modernidad. Estos responden a nuevas ideas de identidad andina y a nuevas opciones de desarrollo, encapsuladas en el Sumak Kawsay, usado como guía para el socialismo del Siglo XXI (Gudynas y Acosta, 2012). Estas nuevas áreas responden a una nueva línea de planificación del desarrollo en donde tanto se valoran los recursos naturales, la fauna o la flora nativa, cuanto los recursos construidos por la manipulación industriosa y el comercio, y cuanto mito, leyenda o creencia de espiritualidad se haya desarrollado en dicho lugar. Los tres pilares de sustentabilidad que se debe observar en el desarrollo sustentable de acuerdo a una trifurcación de objetivos de manejo en el corto y el largo plazo. La Figura 2 muestra como los Paisajes Culturales Patrimoniales contribuyen a resolver el trilema. La tríada de manejo refleja lo que se ha dado en llamar el trilema de identidad andino. En esta conceptualización, la identidad corporal individual conformada por el cuerpo, la mente y el alma se traslocan a nivel de paisaje para incorporar esta trifurcación entre el fenosistema de las cosas materiales que se ven y se miden -Andinidad, el criptosistema de los bienes inmateriales que se producen y se construyen -Andinancia, y el eterosistema de los atributos inmateriales que se sueñan y se perciben con mística y espiritualidad -Andinitud. En el derrotero de la sustentabilidad, es difícil determinar a cuál de los tres elementos de esta tríada de manejo de áreas protegidas se deba privilegiar (Sarmiento y Frolich, 2012).

Figura 2. Diagrama de Venn en donde se ejemplifica la interconexión de los tres pilares de la sustentabilidad con el paisaje cultural patrimonial como centro y nodo de interacción
 

El trilema de Sarmiento fue aplicado ya en un estudio de factibilidad para la creación de una nueva categoría de conservación llamada Paisaje Cultural Patrimonial Ecuatoriano. Recordando que los Paisajes Culturales Patrimoniales apoyan y premian la custodia de los recursos culturales y de la naturaleza, por parte de los gestores indígenas y mestizos rurales en los principales sitios donde se asienta, su identidad también ayuda a las comunidades a resistir las presiones externas del mundo globalizado, que están poniendo en peligro su estilo de vida (Gudynas y Acosta, 2012). Al difundir y promocionar el respeto por la naturaleza y por los valores culturales asociados al Buen Vivir, del Sumak Kawsay, los Paisajes Culturales Patrimoniales se tornan en la herramienta más efectiva para gestionar el patrimonio natural y cultural del país. Se respeta así el mandato constitucional de los derechos de la naturaleza, de la equidad representativa de las diferentes regiones y culturas del país y de la integración de todos los estamentos públicos y privados, a nivel de los organismos de gestión administrativa descentralizados.

En el caso ecuatoriano, los objetivos de conservación priorizaron varios frentes, entre los que cabe mencionar: la preservación de la monumentalidad territorial y su fauna y flora; preservación de su singularidad escénica; preservación de la propiedad y derechos de uso ancestrales; preservación de manifestaciones culturales incluyendo la producción artística, literaria, científica, y humanística, tanto de los pueblos y ciudades como de las zonas rurales y territorios indígenas. Así, al encontrar el vértice de interacción entre los tres elementos identitarios a nivel nacional, se sugieren tres grandes categorías de Paisajes Culturales Patrimoniales para que sean protegidos mediante esfuerzos específicos basados en la ecuatorianidad (Ecuador fundamental), la ecuatoriancia (Ecuador construido) y la ecuatorianitud (Ecuador profundo). En el Cuadro 2 se presenta una descripción de las subcategorías de protección.

Cuadro 2. Diagrama de afinidad de las tres categorías importantes de Paisajes Culturales Patrimoniales en el Ecuador, de acuerdo a las implicaciones del Trilema de Sarmiento
 

SITIOS SAGRADOS PRIORIZADOS

Es en esta nueva clasificación de áreas de manejo territorial -en donde la conservación de la naturaleza y los recursos naturales van de la mano con la necesidad de preservación de los elementos culturales de la identidad nacional- la prioridad que asumen los sitios sagrados toma protagonismo para los profesionales de la conservación, ya que en el pasado casi nunca se enfatizaba la dimensión humana, mucho menos la espiritual, con objetivos de manejo de conservación (Figura 3).

Figura 3. El Trilema de Sarmiento representado por la identidad del ave típicamente andina, Vanellus resplendens, vagrante de los páramos y punas. Este animal es exclusivo de la zona alta de los Andes, desde Chile hasta Colombia, y puede ser mejor valorado no por su aporte de andinidad o de andinancia, sino más bien por su alto significado de andinitud.

En las Américas existe una gran tradición sobre el cuidado otorgado por los pueblos originarios de los sitios sagrados. Un ejemplo clásico es el Monumento Nacional de "La Torre del Diablo" en Wyoming, Estados Unidos, en donde el conflicto de intereses enfrentó a usuarios turistas y escaladores, a los moradores residentes del sector y a los grupos indígenas afectados en el área. La superintendente del parque, Dr. Dorotea Nube de Fuego, muchas veces ha tenido que aceptar dispensar mayor importancia al componente espiritual, que al mental o al natural. Otro ejemplo importante lo constituye la Reserva de la Biosfera del Cinturón Andino Colombiano, cuyo promotor, Luis Alfonso Ortega, ha señalado como el desafío mayor para los diferentes parques asociados en la reserva, ahora que la violencia ha cesado y los territorios ancestrales han sido legalmente regresados al manejo comunitario indígena y campesino. Como lo expuso magistralmente el profesor Jace Weaver, director del Instituto de Estudios Nativo Americanos de la Universidad de Georgia, los sitios sagrados más importantes para los pueblos originarios son aquellos asociados con el mítico origen. Sin embargo, muchos de los sitios sagrados permanecen como tales precisamente porque se mantienen desconocidos del vulgo. Pese a que son respetados profundamente por los shamanes y los sabios del conocimiento tradicional, aún se encuentran ignorados por los profesionales occidentalizados (Broda et al., 2001).

Figura 4. Detalle de una andenería de Choquequirao en donde se aprecia la representación artística de un camélido construido en piedra blanca (c.f.: alpaca real?) en medio del muro chachapoyano (foto fuente: Wikipedia)

Es ahí en donde el trilema de Sarmiento ayuda para la comprensión de la iteración del título del artículo: Ruinas Reificadas. Muchos grupos indígenas actuales todavía claman el origen de su estirpe en determinadas zonas que hasta hace poco tiempo eran desconocidas si no olvidadas en cada país. Solamente como ejemplo, se cita aquí las observaciones, anécdotas y estudios hechos en tres sitios importantes: Kilmes en Argentina, Choquequirao en Perú, e Imbakucha en Ecuador. En Perú, al igual que otros sitios semejantes en donde se encuentran vestigios monumentales arcaicos de culturas milenarias, muchos identifican a esos sitios como asentamientos Inka. Al igual que Macchu Pichu, que fuera un sitio en ruinas "descubierto" accidentalmente al interés arqueológico mundial, ha pasado a ser un símbolo superlativo del mundo indígena y para muchos un sitio sagrado.

Cosa semejante sucede con Choquequirao (Perú), en donde la influencia arquitectónica Chachapoya es la base para las terrazas, andenerías y otras construcciones de piedra en el alto Apurimac, supuestamente el sitio de origen del oro, Chuki, o el sol capturado Inti en la montaña sagrada (Figura 4).

Más ruinas de este tipo, como las descubiertas dentro de parques nacionales de altura (por ejemplo el Gran Pajatén dentro del Parque Nacional Rio Abiseo, Perú) presentan testimonio de un asentamiento significativo en lo que son ahora bosques nublados de la ceja de selva. En medio de una naturaleza abrumadora, con una riqueza de biodiversidad singar, son en realidad paisajes culturales. Dichas ruinas para los ojos occidentales son vistas con otros ángulos desde la perspectiva de los pueblos originarios y permanecen en el ideario espiritual, moral y ético de los indígenas actuales que tratan de revigorizar su identidad al reificar el sitio volviéndolo sagrado (Bolin, 1993).

Otro caso interesante se presenta en la provincia de Tucumán, Argentina, en una zona de los valles calchaquíes o Kalchaki, otra zona icónica de identidad andina. En Quilmes o Kilme, la localización de un gran asentamiento prehispánico y preincaico fue descubierto "accidentalmente" descartando la idea predominante que esos lares eran abandonados y llenos de vida silvestre. Todo lo contrario. Uno de los asentamientos más importantes del Noroeste argentino, Quilmes representó un apogeo del grupo Diaguita antes de la conquista española, cuyos lugartenientes extirparon de esas tierras la mayoría de su población para localizarla en las cercanías de Buenos Aires. Curiosamente el nombre Quilmes hoy identifica una marca de cerveza y un barrio del Gran Buenos Aires. Muy pocos saben que en la actualidad Quilmes se puede apreciar restaurada tan sólo una parte de las andenerías y terrazas de la zona alta al pie del cerro (Figura 5).

Figura 5. El letrero de bienvenida a los turistas que llegan a la Ciudad Sagrada de los Quilmes, hace referencia a la reivindicación del legado ancestral en este Paisaje Cultural que ejemplifica la reificación de las ruinas como instrumento del revivir indígena.

El centro de visitantes que ofrece guías del lugar, enfatiza en el cambio del nombre: ya no son Ruinas de Quilmes. Ahora es la Ciudad Sagrada de Quilmes. Esta reificación del sitio sagrado se ha dado fundamentalmente debido a la reactivación política de los grupos indígenas de los valles Calchaquíes y la presencia de jóvenes líderes inmersos en su misión de rescate de identidad del pueblo originario, en una Argentina cada vez más europeizada. El trabajo de arqueólogos y biólogos en la zona de Quilmes ha permitido un mejor manejo del paisaje cultural, favoreciendo tanto la revitalización de la comunidad cuanto la conservación de la fauna y flora calchaquí (Gonzalez et al., 2008).

Finalmente, se presenta el caso de Otavalo o Atawallu. Al igual que en los ejemplos precedentes, existe una revigorización de la identidad del pueblo originario en su esencia comerciante o mindala en el norte del alto Ecuador. Se supone que el último emperador Inka nació allí del matrimonio convenido entre la princesa norteña y el invasor sureño. Atawallpa (o Atawalipa). Se dice fue secuestrado por los invasores españoles en su afán de saqueo del oro de su rescate. Recientemente, en la vertiente andina con los bosques nublados del Pacífico, se ha encontrado la última morada de la momia de Atawallpa en el pueblo de Sigchu en la provincia del Cotopaxi.

Figura 6. En la cima del pukara de Reyloma (Parque Nacional Cotopaxi, Ecuador) se conserva el árbol sagrado de los Otavalo. Al fondo, el taita Imbabura define el eje de la cosmovisión de los Atawallu runakuna quienes continúan reverentes al Pinllu-cruz o Pinkul (Euphorbia laurifolia) en sus ritos de fertilidad en la cuenca del Imbakucha

Lo anterior demuestra una gran importancia del lugar cuyas construcciones refinadas de piedra pulida son testimonio de que estos bosques nublados contemporáneos son paisajes culturales ancestrales. De la misma manera, dentro del Parque Nacional Llanganati (Ecuador) recientemente se han descubierto "accidentalmente" unas grandes construcciones de paredes gigantes con muros ciclópeos, en el corazón de lo que se consideraba una de las zonas más prístinas de Ecuador. Igual cosa se aprecia hacia la Amazonía ecuatoriana en el Parque Nacional Antisana y en las cabeceras de la cuenca del rio Quijos o Kijus, candidato para Paisaje Protegido (Charrete et al., 2003).

En el Parque Nacional Cotopaxi de Ecuador o Kutupachi también se han encontrado evidencias y restos de ruinas preincaicas, generalmente fortines o pukara y pequeñas estructuras piramidales o waka. Estas construcciones son muy comunes a lo largo del río Guayllabamba y se distribuyen hacia las estribaciones del monte Cayambe o Kayampi e incluso hacia el monte Taita Imbabura, la montaña sagrada de la cuenca del Lago de San Pablo o Imbakucha, alrededor del cual se presentan numerosos sitios sagrados del paisaje cultural otavaleño (Sarmiento et al., 2008).

El revivir indígena se puede demostrar en la aceptación del término vernáculo Imbakucha para referirse al Lago de San Pablo (Ecuador), que se encuentra flanqueado por tres pukarakuna. Uno de los más interesantes es el que se sitúa en el extremo norte del lago, cerca de la cascada de Peguche o Piguchi, otro sitio sagrado para la cosmología indígena. El pukara de Reyloma domina el panorama del valle lacustre y en su construcción de terrazas de cangahua, se aprecia la cima en donde el Pinllocruz o Pinllu se encuentra cobijando con su copa la zona de reunión ritual en culto a la fertilidad. El árbol sagrado de los Otavalo, descrito inicialmente por el César Vásquez-Fulher, se ha constituido finalmente en el icono del misticismo otavaleño, y ha soportado vandalismos, e incluso juicios para reemplazarlo por un monumento de Cristo redentor, o para colocar antenas de telefonía celular y para retomar la vocación forestal con producción de Eucalyptus globulus como en el pasado republicano reciente. Al mantener el árbol sagrado en Reyloma, la conciencia conservacionista indígena favorece la dimensión de andinitud y respeta su ícono sagrado (Figura 6) en la búsqueda de la sustentabilidad para la cuenca del Imbakucha (Carter y Sarmiento, 2011).

CONCLUSIÓN

En la mayoría de los países latinoamericanos, la presencia indígena se ha reducido tanto que es casi imperceptible, como en Costa Rica o en Puerto Rico. Sin embargo, en varios países existen áreas en donde los grupos sobrevivientes se resisten todavía a las influencias externas, como los Mapuche y los Toba de Chile y Argentina. Existen pocos países en los que la presencia indígena es todavía significativa, si no predominante, como en el caso de México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia, en donde se constata que el revivir indígena está en plena recuperación. Sólo basta ver el traje del presidente ecuatoriano en honor a la identidad indígena, o basta constatar el Presidente de Bolivia, que por primera vez en la historia de la región, proviene de familia indígena y es un líder que entiende la dimensión de andinitud, imprescindible para alcanzar la ansiada sustentabilidad en las montañas andinas.

Los profesionales de la conservación, tanto los investigadores cuanto los practicantes, deben incluir esta nueva opción de Paisaje Cultural en su caja de herramientas para la conservación. No basta tener la inspiración de los conservacionistas a ultranza que piensan que lo único importante es preservar la especie en peligro. Tampoco basta la tenacidad de los conservacionistas pragmáticos que saben que solamente los paisajes productivos pueden mantenerse en el tiempo, favoreciendo no solamente los procesos naturales sino también la afirmación cultural rural. Tampoco basta la ensoñación de los conservacionistas de la nueva era que sueñan que lo único importante es el misticismo que la cosmovisión indígena ofrece. Es imperativo que el trilema de Sarmiento pueda ejecutarse para fusionar esta trifurcación del manejo del área protegida para que sean los Paisajes Culturales Patrimoniales los que permitan acceder a una conservación efectiva en el presente siglo.

AGRADECIMIENTOS DEL AUTOR

Mucha de la teoría del revivir indígena y de la conservación de sitios sagrados fue discutida y presentada en una conferencia internacional realizada en Abril de 2012, en la Universidad de Georgia, Athens, USA, como acto inaugural del Colaboratorio de Montología Neotropical http://geog.ggy.uga.edu/labs/. Como organizador del evento, estoy en deuda de gratitud con todas las personas e instituciones que hicieron posible dicha reunión, en especial a los conferencistas expositores, la mayoría de ellos de países americanos, y a Sarah Hitchner con quien co-editaremos las memorias en forma de un libro sobre esta importante temática. Detalles de la reunión se encuentran en la página http://geog.ggy.uga.edu/labs/index.php?n=Main.Rationale.

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